viernes, 12 de mayo de 2017

Azahar

El auto corría velozmente por la calle. De repente él se dio cuenta que de que estaba perdido, había entrado en la ciudad, de noche, hablando con el resto de los ocupantes del vehiculo y no se dio cuenta de la ruta que tomaba, desaceleró un poco, bajo el cristal de la ventanilla y miró a un cartel que había fijado en un edificio próximo: Avenida de Líbia. No, no estaba perdido y llevaba la dirección exacta que le conducía hacia la Rivera.

Fue entonces cuando percibió el fuerte perfume. Por la ventana entró también calor, se estaban acercando a río e incluso notó algo de humedad. Chichita, sentada a su derecha le preguntó, ¿a qué huele? ¿de que es ese olor tan fuerte? Es azahar le contestó él, azahar, mi ciudad huele a azahar ¡Cuánto tiempo sin oler a azahar de aquella manera tan profunda! Miró a los coches aparcados debajo de los naranjos y sonrió, parecía que había nevado sobre ellos y se lo comentó a sus acompañantes de viaje. Las flores caídas de los naranjos habían cubierto totalmente con su blancura la carrocería de los automóviles.

¿Toda la ciudad huele así? Preguntó de nuevo Chichita.

No, dijo él, el Brillante huele a Damas de Noche, Jazmines y Don Diegos.

Y se acordó de su madre, de sus tíos, de la casa en la calle Calasancio y de los olores tan fuertes, tan especiales, tan embriagadores que desde niño le fascinaban.

¡Perro pachón! Le llamaba su padre, entre risas, cuando él, niño, levantaba la nariz en todas direcciones olfateando olores.

Circulaba por la Rivera, la Luna se reflejó en el Guadalquivir iluminando el puente romano y los molinos árabes. Detuvo el coche y salió de él. Contempló a su lado, el Triunfo se San Rafael, la Puerta del Puente y allá en el fondo la Mezquita. A su izquierda, el Puente Romano y la Torre de la Calahorra. Por un momento creyó que la emoción le iba a hacer llorar. Había llegado a su ciudad, la ciudad de sus padres, de sus abuelos, de sus antepasados, había llegado a Córdoba, Se subió de nuevo al coche, y sin decir una palabra más se dirigió rápidamente hacia el hotel situado en los jardines de la Victoria.

Carne, culo, güitos y correas

Todas las casas de la calle eran casi iguales, en la planta baja, dos ventanas entre las cuales se encontraba la puerta principal. En la planta superior, dos balcones a los lados y un ventana central. Todos, balcones, ventanas y puertas enrejados en hierro forjado.

Las casas eran conocidas por los motes de las familias que las habitaban, así que calle arriba se encontraban las casas de los Bocacharco, los Abubillas, los Cagafino, los Navajas…que en lenguaje del pueblo se abreviaban en “ca Bocacharco” o en “ca Navajas”

El niño vivía en la casa de su tía abuela Rosa, “ca Morenos” al cuidado de su abuela y su tia, casi segunda madre, Tere.

Dormía en el piso de arriba, con su abuela y su hermana menor, en una habitación con balcón sobre la fachada principal.

Aquel día el niño se despertó tarde, se lavó en la jofaina que estaba en su dormitorio y bajó dando tropezones por las escaleras hacia el comedor que se encontraba justo debajo de su habitación.

Sobre la mesa encontró su desayuno compuesto por una torta de aceite, cubierta de ajonjolí y llena de granitos de matalauva hecha por la chacha Rosa, y un gran tazón de leche de cabra templada. Devoró mas que tomó el desayuno, le dio un beso a su tía Tere y salió corriendo por el patio adelante, hacia la puerta de la casa, abrió la puerta enrejada y miró calle arriba para buscando con la vista a sus amigos. Y allí, apenas a diez pasos de su casa, estaban todos, Federico, Juan, Felipe, Tolo, Maria y su prima Loli. Todos estaban atentos a los movimientos de Loli. Ésta se encontraba sentada en la acera, al lado del escalón de piedra de la entrada de la casa de los Bocacharco, tenía en su mano derecha una bola de cristal de colores que en ese momento tiraba hacia arriba mientras decía “voy a carnes”. La mano de la niña se movió rápidamente y giró las dos tabas que se encontraban sobre el escalón, agarrando el pitón de cristal al vuelo, antes de que tocara la piedra.

Las tabas era un juego de niñas pero la habilidad de Loli era tal que admiraba a todos los niños de la pequeña pandilla.

El niño miró a su prima según se acercaba a ella contemplando sus tirabuzones hechos con aquel pelo negro tan largo. Después se sentó frente a ella y miró aquellos ojos negros, que tanto le gustaban. Loli tenia un par de años mas que el niño, pero tenía una predilección especial por aquel primo suyo, tan rubio, tan débil, tan asustadizo. Le pasó las tabas a su primo y le dijo “ahora tú”.

El niño se puso colorado, pero aceptó el reto y tiró el pitón al aire, apoyó una taba en el suelo y dijo “voy a güitos”. Una taba, dos tabas, tres tabas, así hasta las siete tabas coloreadas que le había pasado su prima. Cuando tenía todas en güitos, lanzó el pitón por última vez y recogió todas las tabas de un solo golpe. Se las pasó de nuevo a su prima que lo miró con ojos de cariño y ambos se fundieron en una gran carcajada acompañada por los los gritos de sorpresa de sus amigos.

Las banderas

En el Madrid de los años 40 todo era miseria y hambre. Hambre, mucha hambre, de los recuerdos de niño le quedaban pocos, pero sobre todo recordaba el hambre.

La calle Pilarica tenía una casa, el número 1, el resto era una acera, con la esperanza de que se construyera algo a lo largo de ella. Cerca en el descampado había resto de edificios destruidos durante la guerra, un convento de monjas que todavía quedaba medio en pié, una iglesia totalmente en ruinas, unas piedras que en otro tiempo fueron un cuartel, y campamentos de gitanos, que se despiojaban los pelos unos a otros al sol, alguna que otra chavola y hambre, porque todo el mundo tenía hambre.

Un día su padre llegó a casa con un paquete con comida, lo depositó sobre la mesa y saco varias cajas de cartón con alimentos. Aquellas cajas el dibujo de dos banderas entrecruzadas. Una, roja amarilla roja, la otra, azul blanca azul. El niño preguntó por aquel nuevo maná y el por qué de las banderas. Su padre le habló de un tal Juan Domingo Perón, de una tal Evita, de un tal Francisco Franco, de su abuelo, que se había enriquecido en un lugar llamado Buenos Aires, de sus dos tíos argentinos, de él mismo que había llegado a España en el vientre de su madre.

El niño pensó que su abuelo bien podría haberse quedado a otro lado del mar, que allí había carne, harina, galletas, ¡comida!

Pensó que aquella bandera banquiazul tenía que ser algo suya, que ese día comía gracias a ella, que ese día no existía el hambre, porque al otro lado del mar gente buena le mandaba algo con que matar el fantasma eterno del hambre.

Pensó en que cuando fuera mayor seguiría los pasos del abuelo, buscaría alguien de ojos grises con quien casarse y tendría muchos hijos allí, en Buenos Aires.

Recortó las dos banderas y las guardó entre sus juguetes, dentro de una cajita de lata.