viernes, 12 de mayo de 2017

Las banderas

En el Madrid de los años 40 todo era miseria y hambre. Hambre, mucha hambre, de los recuerdos de niño le quedaban pocos, pero sobre todo recordaba el hambre.

La calle Pilarica tenía una casa, el número 1, el resto era una acera, con la esperanza de que se construyera algo a lo largo de ella. Cerca en el descampado había resto de edificios destruidos durante la guerra, un convento de monjas que todavía quedaba medio en pié, una iglesia totalmente en ruinas, unas piedras que en otro tiempo fueron un cuartel, y campamentos de gitanos, que se despiojaban los pelos unos a otros al sol, alguna que otra chavola y hambre, porque todo el mundo tenía hambre.

Un día su padre llegó a casa con un paquete con comida, lo depositó sobre la mesa y saco varias cajas de cartón con alimentos. Aquellas cajas el dibujo de dos banderas entrecruzadas. Una, roja amarilla roja, la otra, azul blanca azul. El niño preguntó por aquel nuevo maná y el por qué de las banderas. Su padre le habló de un tal Juan Domingo Perón, de una tal Evita, de un tal Francisco Franco, de su abuelo, que se había enriquecido en un lugar llamado Buenos Aires, de sus dos tíos argentinos, de él mismo que había llegado a España en el vientre de su madre.

El niño pensó que su abuelo bien podría haberse quedado a otro lado del mar, que allí había carne, harina, galletas, ¡comida!

Pensó que aquella bandera banquiazul tenía que ser algo suya, que ese día comía gracias a ella, que ese día no existía el hambre, porque al otro lado del mar gente buena le mandaba algo con que matar el fantasma eterno del hambre.

Pensó en que cuando fuera mayor seguiría los pasos del abuelo, buscaría alguien de ojos grises con quien casarse y tendría muchos hijos allí, en Buenos Aires.

Recortó las dos banderas y las guardó entre sus juguetes, dentro de una cajita de lata.

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