viernes, 12 de mayo de 2017

Carne, culo, güitos y correas

Todas las casas de la calle eran casi iguales, en la planta baja, dos ventanas entre las cuales se encontraba la puerta principal. En la planta superior, dos balcones a los lados y un ventana central. Todos, balcones, ventanas y puertas enrejados en hierro forjado.

Las casas eran conocidas por los motes de las familias que las habitaban, así que calle arriba se encontraban las casas de los Bocacharco, los Abubillas, los Cagafino, los Navajas…que en lenguaje del pueblo se abreviaban en “ca Bocacharco” o en “ca Navajas”

El niño vivía en la casa de su tía abuela Rosa, “ca Morenos” al cuidado de su abuela y su tia, casi segunda madre, Tere.

Dormía en el piso de arriba, con su abuela y su hermana menor, en una habitación con balcón sobre la fachada principal.

Aquel día el niño se despertó tarde, se lavó en la jofaina que estaba en su dormitorio y bajó dando tropezones por las escaleras hacia el comedor que se encontraba justo debajo de su habitación.

Sobre la mesa encontró su desayuno compuesto por una torta de aceite, cubierta de ajonjolí y llena de granitos de matalauva hecha por la chacha Rosa, y un gran tazón de leche de cabra templada. Devoró mas que tomó el desayuno, le dio un beso a su tía Tere y salió corriendo por el patio adelante, hacia la puerta de la casa, abrió la puerta enrejada y miró calle arriba para buscando con la vista a sus amigos. Y allí, apenas a diez pasos de su casa, estaban todos, Federico, Juan, Felipe, Tolo, Maria y su prima Loli. Todos estaban atentos a los movimientos de Loli. Ésta se encontraba sentada en la acera, al lado del escalón de piedra de la entrada de la casa de los Bocacharco, tenía en su mano derecha una bola de cristal de colores que en ese momento tiraba hacia arriba mientras decía “voy a carnes”. La mano de la niña se movió rápidamente y giró las dos tabas que se encontraban sobre el escalón, agarrando el pitón de cristal al vuelo, antes de que tocara la piedra.

Las tabas era un juego de niñas pero la habilidad de Loli era tal que admiraba a todos los niños de la pequeña pandilla.

El niño miró a su prima según se acercaba a ella contemplando sus tirabuzones hechos con aquel pelo negro tan largo. Después se sentó frente a ella y miró aquellos ojos negros, que tanto le gustaban. Loli tenia un par de años mas que el niño, pero tenía una predilección especial por aquel primo suyo, tan rubio, tan débil, tan asustadizo. Le pasó las tabas a su primo y le dijo “ahora tú”.

El niño se puso colorado, pero aceptó el reto y tiró el pitón al aire, apoyó una taba en el suelo y dijo “voy a güitos”. Una taba, dos tabas, tres tabas, así hasta las siete tabas coloreadas que le había pasado su prima. Cuando tenía todas en güitos, lanzó el pitón por última vez y recogió todas las tabas de un solo golpe. Se las pasó de nuevo a su prima que lo miró con ojos de cariño y ambos se fundieron en una gran carcajada acompañada por los los gritos de sorpresa de sus amigos.

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