viernes, 12 de mayo de 2017

Azahar

El auto corría velozmente por la calle. De repente él se dio cuenta que de que estaba perdido, había entrado en la ciudad, de noche, hablando con el resto de los ocupantes del vehiculo y no se dio cuenta de la ruta que tomaba, desaceleró un poco, bajo el cristal de la ventanilla y miró a un cartel que había fijado en un edificio próximo: Avenida de Líbia. No, no estaba perdido y llevaba la dirección exacta que le conducía hacia la Rivera.

Fue entonces cuando percibió el fuerte perfume. Por la ventana entró también calor, se estaban acercando a río e incluso notó algo de humedad. Chichita, sentada a su derecha le preguntó, ¿a qué huele? ¿de que es ese olor tan fuerte? Es azahar le contestó él, azahar, mi ciudad huele a azahar ¡Cuánto tiempo sin oler a azahar de aquella manera tan profunda! Miró a los coches aparcados debajo de los naranjos y sonrió, parecía que había nevado sobre ellos y se lo comentó a sus acompañantes de viaje. Las flores caídas de los naranjos habían cubierto totalmente con su blancura la carrocería de los automóviles.

¿Toda la ciudad huele así? Preguntó de nuevo Chichita.

No, dijo él, el Brillante huele a Damas de Noche, Jazmines y Don Diegos.

Y se acordó de su madre, de sus tíos, de la casa en la calle Calasancio y de los olores tan fuertes, tan especiales, tan embriagadores que desde niño le fascinaban.

¡Perro pachón! Le llamaba su padre, entre risas, cuando él, niño, levantaba la nariz en todas direcciones olfateando olores.

Circulaba por la Rivera, la Luna se reflejó en el Guadalquivir iluminando el puente romano y los molinos árabes. Detuvo el coche y salió de él. Contempló a su lado, el Triunfo se San Rafael, la Puerta del Puente y allá en el fondo la Mezquita. A su izquierda, el Puente Romano y la Torre de la Calahorra. Por un momento creyó que la emoción le iba a hacer llorar. Había llegado a su ciudad, la ciudad de sus padres, de sus abuelos, de sus antepasados, había llegado a Córdoba, Se subió de nuevo al coche, y sin decir una palabra más se dirigió rápidamente hacia el hotel situado en los jardines de la Victoria.

Carne, culo, güitos y correas

Todas las casas de la calle eran casi iguales, en la planta baja, dos ventanas entre las cuales se encontraba la puerta principal. En la planta superior, dos balcones a los lados y un ventana central. Todos, balcones, ventanas y puertas enrejados en hierro forjado.

Las casas eran conocidas por los motes de las familias que las habitaban, así que calle arriba se encontraban las casas de los Bocacharco, los Abubillas, los Cagafino, los Navajas…que en lenguaje del pueblo se abreviaban en “ca Bocacharco” o en “ca Navajas”

El niño vivía en la casa de su tía abuela Rosa, “ca Morenos” al cuidado de su abuela y su tia, casi segunda madre, Tere.

Dormía en el piso de arriba, con su abuela y su hermana menor, en una habitación con balcón sobre la fachada principal.

Aquel día el niño se despertó tarde, se lavó en la jofaina que estaba en su dormitorio y bajó dando tropezones por las escaleras hacia el comedor que se encontraba justo debajo de su habitación.

Sobre la mesa encontró su desayuno compuesto por una torta de aceite, cubierta de ajonjolí y llena de granitos de matalauva hecha por la chacha Rosa, y un gran tazón de leche de cabra templada. Devoró mas que tomó el desayuno, le dio un beso a su tía Tere y salió corriendo por el patio adelante, hacia la puerta de la casa, abrió la puerta enrejada y miró calle arriba para buscando con la vista a sus amigos. Y allí, apenas a diez pasos de su casa, estaban todos, Federico, Juan, Felipe, Tolo, Maria y su prima Loli. Todos estaban atentos a los movimientos de Loli. Ésta se encontraba sentada en la acera, al lado del escalón de piedra de la entrada de la casa de los Bocacharco, tenía en su mano derecha una bola de cristal de colores que en ese momento tiraba hacia arriba mientras decía “voy a carnes”. La mano de la niña se movió rápidamente y giró las dos tabas que se encontraban sobre el escalón, agarrando el pitón de cristal al vuelo, antes de que tocara la piedra.

Las tabas era un juego de niñas pero la habilidad de Loli era tal que admiraba a todos los niños de la pequeña pandilla.

El niño miró a su prima según se acercaba a ella contemplando sus tirabuzones hechos con aquel pelo negro tan largo. Después se sentó frente a ella y miró aquellos ojos negros, que tanto le gustaban. Loli tenia un par de años mas que el niño, pero tenía una predilección especial por aquel primo suyo, tan rubio, tan débil, tan asustadizo. Le pasó las tabas a su primo y le dijo “ahora tú”.

El niño se puso colorado, pero aceptó el reto y tiró el pitón al aire, apoyó una taba en el suelo y dijo “voy a güitos”. Una taba, dos tabas, tres tabas, así hasta las siete tabas coloreadas que le había pasado su prima. Cuando tenía todas en güitos, lanzó el pitón por última vez y recogió todas las tabas de un solo golpe. Se las pasó de nuevo a su prima que lo miró con ojos de cariño y ambos se fundieron en una gran carcajada acompañada por los los gritos de sorpresa de sus amigos.

Las banderas

En el Madrid de los años 40 todo era miseria y hambre. Hambre, mucha hambre, de los recuerdos de niño le quedaban pocos, pero sobre todo recordaba el hambre.

La calle Pilarica tenía una casa, el número 1, el resto era una acera, con la esperanza de que se construyera algo a lo largo de ella. Cerca en el descampado había resto de edificios destruidos durante la guerra, un convento de monjas que todavía quedaba medio en pié, una iglesia totalmente en ruinas, unas piedras que en otro tiempo fueron un cuartel, y campamentos de gitanos, que se despiojaban los pelos unos a otros al sol, alguna que otra chavola y hambre, porque todo el mundo tenía hambre.

Un día su padre llegó a casa con un paquete con comida, lo depositó sobre la mesa y saco varias cajas de cartón con alimentos. Aquellas cajas el dibujo de dos banderas entrecruzadas. Una, roja amarilla roja, la otra, azul blanca azul. El niño preguntó por aquel nuevo maná y el por qué de las banderas. Su padre le habló de un tal Juan Domingo Perón, de una tal Evita, de un tal Francisco Franco, de su abuelo, que se había enriquecido en un lugar llamado Buenos Aires, de sus dos tíos argentinos, de él mismo que había llegado a España en el vientre de su madre.

El niño pensó que su abuelo bien podría haberse quedado a otro lado del mar, que allí había carne, harina, galletas, ¡comida!

Pensó que aquella bandera banquiazul tenía que ser algo suya, que ese día comía gracias a ella, que ese día no existía el hambre, porque al otro lado del mar gente buena le mandaba algo con que matar el fantasma eterno del hambre.

Pensó en que cuando fuera mayor seguiría los pasos del abuelo, buscaría alguien de ojos grises con quien casarse y tendría muchos hijos allí, en Buenos Aires.

Recortó las dos banderas y las guardó entre sus juguetes, dentro de una cajita de lata.

miércoles, 10 de febrero de 2016

A toro pasao

Un artículo mío que salió en el Diario de Cariló con motivo del bicentenario de la independencia Argentina

A modo de presentación diré que soy nieto de un español emigrante en Buenos Aires aprincipios del siglo XX e hijo de “medio argentino”, que decía él, ya que fue engendrado enArgentina y nacido en Córdoba (España). Aprendí a leer en Caras y Caretas y en Para Ti,revistas a las que mi abuelo estuvo suscrito hasta su muerte, y hoy leo La Nación todos losdías. Y por último diré que estoy casado con una argentina.

Lo del título del artículo va por aquello de que ,de lo que quiero hablar, ya pasó, que como en los Sanfermines, los toros ya entraron en la plaza y la gente en la calles de Pamplona ya no se divierten con ellos.

Hace poco leí con extrañeza que gran parte de los argentinos no sabían qué o por qué celebraban el bicentenario de la independencia de su patria. Incluso algunos intelectuales se preguntaban si la ocasión merecía la pena celebrarla.

Desde aquí, en una comunidad de la periferia de España, las cosas se ven con otra perspectiva.

Me parece que los argentinos deberían estar muy contentos con su independencia del centralismo español. A muchos habitantes de esta península ibérica les entusiasmaría poder gritar “soy libre de Madrid”, elijo a MI presidente, a MIS representantes en MI capital, puedo hablar en Mi idioma y Madrid no me puede imponer el suyo ni como hablarlo, Mi cultura es
mía y Madrid no me la ha impuesto.

Hace poco más de una semana Celia y yo visitábamos el tesoro de la catedral de Córdoba y veíamos la Custodia de Arfe y el San Rafael de plata y oro situado a escasos metros, entre cientos de imágenes, cálices, bastones episcopales y otros objetos de culto. (Lo de culto es undecir, porque están encerrados y solamente se pueden ver previo pago de la entrada).

Ante aquellas joyas en oro y plata le decía yo a Celia: mira, una de las razones de vuestro bicentenario. En España no hay oro, se lo llevaron los romanos, no tenemos minas de plata.

¿De dónde procede tanta riqueza? De tu país, de cuando tu país era parte del mío. De cuando los castellanos convertidos en criollos tenían que pagar a la hacienda de Madrid. De cuando Madrid enviaba emisarios a los virreinatos para recaudar cuanto oro y plata pudieran.

Hasta que los criollos se cansaron. Hoy pagan a la hacienda de Buenos Aires. Es verdad que la Argentina tiene problemas políticos, sociales y económicos, como muchas naciones más, pero son los suyos, sus problemas, no los problemas que otros le ocasionan.

No sé si me excedo en mis apreciaciones pero veo a los argentinos de hoy libres, no pendientes de que alguien a miles de kilómetros allende el mar, les quite lo suyo, ni les diga los que tienen que hacer o cómo comportarse. España está en crisis, como Grecia, como Portugal, en parte como Italia. Hoy leía que quien se
beneficiaba de nuestra crisis eran los bancos centro europeos. ¡Qué horror! ¡Me gustaría celebrar también un bicentenario mío!

¡Enhorabuena Argentina!

O bibelot rachado


A mari usque ad mare

Un ‘bibelot’ é unha menudencia, unha fruslería, unha chuchería, ás veces unha baratixa. Para o DRAE que admitiu tal cal a palabra francesa ‘bibelot’ [ler biblo] é unha ‘Figura pequena de adorno’. Apresente en francés desde o século XV, a voz formou-se con unha repetición expresiva (‘bel-bel’, dobre apócope de ‘beau’ = belo) influída pola palabra do antigo francés ‘beubelet’ de mesmo sentido. http://etimologias.dechile.net/?bibelot

A señora Maruxa, filla vinculeira do señor de Bexín, herdara unha fortuna bastante considerábel, sendo ainda unha rapariga de apenas 14 anos ó morrer a sua mai dunhas febres malignas que Don Marcelo, o médico da Vila nunca soubo explicar moi ben de que mal procedian. O pai da señora Maruxa, o señor de Bexín, morrera moi cedo cando Maruxa tiña ainda dous anos.

Entre os moitos bens que Maruxa herdou estaba a casa solariega dos Bexíns, un bonitiño pazo do século XVIII nas aforas de Bexín perto do rio. Pero Maruxa vivia dende a sua boda, aos 18 anos, con Don Gonzalo o xoven notário da Vila nunha casa no centro do pobo, na praza maior ás vieiras da capela de Santa Margarida.

Cando Maruxa enviuvou tiña 32 anos e dous fillos, unha filla e un fillo adorabeis. Pero os fillos creceron e con o tempo casaron e marcharon a viver a Cidade lonxe de Bexín e da sua mai.

Maruxa quedou soliña, con moitas amigas iso si, pero soliña na sua casa. Tiña moitos criados sempre ó seu redor, pero estes non contaban, ela sempre dicia que estaba soliña porque a xente que mas quisera non estaban xa con ela.

Un dia, Maruxa foi á Vila a mercar fio para bordar, unha das suas paixóns. Ao pasar cara o comercio de Enrique o Coxo, Maruxa viu no escaparate o bibelot mais bonito que mirara na sua vida. Era dun branco como a neve e tiña uns debuxos xeométricos en azul e verde que mesmamente semellaban pintados por anxos. Maruxa non daba crédito aos seus ollos, como era posibel que aquel bibelot tan divino estivera aló no escaparate da tenda do Coxo?

Maruxa non o pensou duas veces, entrou no comercio e cinco minutos mais tarde levaba o bibelot embolto en papel prateado e apreteado moi forte contra o seu peito.

Ao chegar Maruxa á casiña colocou o bibelot enriba do escritório que fora de seu pai e que estaba situado na sala principal ó lado do balcón que daba a praza.

Maruxa sentou-se na cadeira Luis XV que estaba diante do escritório e adicou-se a admirar ó bibelot o resto do dia.

Ao dia seguinte chegaron as amigas a toma-lo té, como sempre ás cinco da tarde, que todas elas gostaban moito das costumes británicas, e o momento quedaron hipnotizadas polo bibelot.

A señora Pilar dixo que semellaba un bibelot árabe que ela mirara unha vez estando en Tanxer.

A señora Emilia recomendou a Maruxa que tivera moito moitísimo cuidado co bibelot que tiña pinta de ser moi fráxil e podíase romper facilmente.

A señora Rosa asentiu e engadiu que precisamente un lugar con correntes de ar non era precisamente o mellor lugar para o bibelot.

Pero todas elas miraban o bibelot coa envexa de non ser as suas proprietárias.

Maruxa, una vez que as amigas marcharon sonreiu e mirando unha vez mais ao bibelot estivo segura de que fixera unha boa, boísima compra e que o bibelot era de seguro algo que lle ia a encher totalmente a sua vida.

Pasaron os dias e o bibelot, sempre admirado por Maruxa e as suas amigas, empezou a ter trocos, a modiño, moi a modiño. Estes trocos eran nun princípio de cor, como se a luz do sol fora mudando o debuxos verdes e azuis en vermellos e laranxas. Un dia apareceu todo el de cor amarelo.

Dias mais tarde os pequenos trocos foron de figura. Empezou a mudar de forma como se dia a dia se tornara mais groso e de maior tamaño. Ata que unha mañá apareceu no outro lado do escritório, como se unha fantasma o mudase de lugar durante a noite.

O bibelot comezou a ter vida própria. Aquelo foi horroroso para Maruxiña. Non podia ser, os bibelots son iso, bibelots, e non teñen direito a facer outra cousa que estar quietos para que a xente os admire. E o fermoso bibelot de Maruxiña estaba vivo, mudaba de cor e forma e agora tamén movíase.

Maruxa xa non facia outra cousa que espiar ao bibelot, por ver si achaba como e de que xeito o bibelot facía aquelas cousas.

Unha vez, Maruxa foi a cociña a por un vaso de auga e cando voltou o bibelot estaba perto , moi perto do cristal da porta do balcón como se mirara para fora.

Maruxa, dun brinco, estaba ao lado do bibelot para ver que miraba este, e alá ao outro lado da praza, Luisiña, a filla do padeiro estaba-se montando na sua moto. Luisiña era nova, loira, de grandes ollos azuis e con uns “cántaros de mel” como di o Cantar dos Cantares que tiñan tolo a todo o xénero masculino de Bexín.

Maruxa creu tolear, o bibelot, o seu bibelot adicaba-se agora a mirar os desexados peitos da filla do padeiro. E iso era moito mais do que Maruxiña estaba disposta a tolerar.

Cando ao dia seguinte Maruxa achegou-se o bibelot, esta estaba tirado no chan. Maruxa o recolleu imediatamente e cal non seria a sua desesperanza cando viu que o bibelot tiña unha fenda na parte de abaixo.

Como caíche? ¿Como mancache? Por que tiñas que andar trouleando dun lado para outro?

Cando as amigas de Maruxa chegaron a facer-lle a sua visita o bibelot non estaba en nengures.

E o bibelot?, perguntaron a Maruxa.

Marchou, dixo ela, deixou-me, era groseiro, insuportábel, e esta noite rachou polo cu.

 

A mari usque ad mare

Un ‘bibelot’ es una menudencia, una fruslería, una chuchería, a veces una baratija. Para el DRAE que admit tal cual la palabra francesa ‘bibelot’ [ler bibló] es una ‘Figura pequeña de adorno’. Presente en francés desde el siglo XV, la voz se formó como una repetición expresiva (‘bel-bel’, doble apócope de ‘beau’ = bello) influida por la palabra do antiguo francés ‘beubelet’ del mismo sentido. http://etimologias.dechile.net/?bibelot



La señora Maruja hija única del señor de Bejín, había heredado una fortuna bastante considerable, siendo todavía una muchacha de apenas 14 años al morir su madre de unas fiebres malignas que Don Marcelo, el médico de la Villa nunca supo explicar muy bien de que mal procedían. El padre de la señora Maruja el señor de Bejín, había muerto muy temprano cuando Maruja tenía solamente dos años de edad.
Entre los muchos bienes que Maruja heredó estaba la casa solariega de los Bejíns, un bonito palacete del siglo XVIII en las afueras de Bejín cerca del río. Pero Maruja vivía desde la su boda, a los 18 años, con Don Gonzalo el joven notario de la Villa, en una casa en el centro del pueblo en la plaza mayor a las vera de la capilla de Santa Margarita.
Cuando Maruja enviudó tenía 32 años y dos hijos, una hija y un hijo adorables. Pero los hijos crecieron y con el tiempo se casaron y se marcharon a vivir a la ciudad lejos de Bejín y de su madre.
Maruja quedó sola, con muchas amigas eso sí, pero sola en la su casa. Tenía muchos criados siempre a su alredor, pero éstos no contaban, ella siempre decía que estaba sola porque la gente que me la había querido ya no estaban con ella.
Un día Maruja fue a la Villa a comprar hilo de bordar, una de las sus pasiones. Al pasar cerca del comercio de Enrique el Cojo, Maruja vio en el escaparate el bibelot mas bonito que había mirado en su vida. Era de un blanco como la nieve y tenía unos dibujos geométricos en azul y verde que mismamente parecían pintados por ángeles. Maruja no daba crédito a sus ojos, ¿como era posible que aquel bibelot tan divino estuviese allí en el escaparate de la tienda del Cojo?
Maruja no lo pensó dos veces, entró en el comercio y cinco minutos mas tarde llevaba el bibelot envuelto en papel plateado y apretado muy fuerte contra su pecho.
Al llegar Maruja a casa colocó el bibelot sobre el escritorio que había sido de su padre y que estaba situado en la sala principal al lado del balcón que daba la plaza.
Maruja se sentó en la siila Luis XV que estaba delante del escritorio y se dedicó a admirar al bibelot el resto del día.
Al dia siguiente llegaron las amigas a tomar el té, como siempre a las cinco de la tarde, que a todas ellas les gustaban mucho de costumbres británicas, y al momento quedaron hipnotizadas por el bibelot.
La señora Pilar dijo que parecía un bibelot árabe que ella había visto una vez estando en Tanger.
La señora Emilia recomendó a Maruja que tuviera mucho cuidado con el bibelot que tenía pinta de ser muy frágil y se podía romper fácilmente.
La señora Rosa asintió y añadió que justo un lugar con corrientes de aire no era el mejor lugar para el bibelot.
Pero todas ellas miraban el bibelot con la envidia de no ser sus propietarias.
Maruja una vez que las amigas se marcharon sonrió y mirando una vez mas al bibelot estuvo segura de que había hecho una buena, buenísima compra y que el bibelot era algo que le iba a llenar totalmente su vida.
Pasaron los días y el bibelot, siempre admirado por Maruja y sus amigas, empezó a tener cambios, lenta muy lentamente.
Estos cambios eran en un principio de color, como si la luz del sol fuera mudando los dibujos verdes y azules en rojos y naranjas. Y un día apareció todo él de color amarillo.
Los días siguiente los pequeños cambios fueron de figura. Empezó a cambiar de forma como si día a día se volviese mas grueso y de mayor tamaño. Hasta que una mañana apareció en el otro lado del escritorio, como si una fantasma lo cambiara de lugar durante la noche.
El bibelot comenzó a tener vida propria. Aquello fue horroroso para Maruxiña. No podía ser, los bibelots son eso, bibelots, y no tienen derecho a hacer otra cosa que estar quietos para que la gente los admire. Y el hermoso bibelot de Marujita estaba vivo, cambiaba de color y forma y ahora también se movía.
Maruja ya no hacía otra cosa que espiar al bibelot, por ver si hallaba cómo y de qué manera el bibelot hacía aquellas cosas.
Una vez, Maruja fue a la cocina a por un vaso de agua y cuando volvió el bibelot estaba cerca, muy cerca del cristal de la puerta del balcón como se había estuviera mirando hacia afuera.
Maruja de un brinco, estaba al lado del bibelot para ver que miraba éste, y allá al otro lado de la plaza, Luisa, la hija del panadero se estaba montando en su moto. Luisa era joven, rubia, de grandes ojos azules y con unos “cántaros de miel” como dice el Cantar de los Cantar que tenían loco la todo el género masculino de Bejín.
Maruja creyó enloquecer, el bibelot, su bibelot se dedicaba ahora a mirar los pechos de la hija del panadero. Y eso era mucho más del que Maruja estaba dispuesta a tolerar.
Cuando al dila siguiente Maruja se acercó el bibelot, éste estaba tirado en el suelo. Maruja lo recogió inmediatamente y cual no seria la su desesperanza cuando vio que el bibelot tenía una raja en la parte de abajo.
¿Como te caíste? ¿Como te has hecho daño? ¿Por que tenías que andar jugando de un lado para otro?
Cuando las amigas de Maruja llegaron a hacerle su visita diaria el bibelot no estaba en ninguna parte.
¿Y el bibelot?, preguntaron a Maruja.
Se marchó, dijo ella, me dejó, era un grosero, insoportable, y esta noche se rompió el culo.

lunes, 2 de junio de 2008

Hai 65 anos


Pepín Parra, montado na súa egua branca como a neve, subía a rúa do Cárcere cara á casa de Manolo e María onde pasara a tarde anterior, en compañía de Tere, xogando os catro ás cartas. María estaba embarazada de nove meses e esperaba dar a luz dun momento a outro. Cando chegou á altura da casa dos seus parentes, elevouse sobre os estribos e gritou:

-Manolo! Todo ben?

Dende o balcón do dormitorio surdíu a voz de Manolo:

-Un neno.

-Jajaja, as ganas.

Entón Manolo saíu ao balcón con algo envolvido aínda nunha toalla. Pepín púxose de pé sobre a cadeira de montar e tendeu os brazos a aquela cousa pequena que se lle ensinaba, colleuna entre os seus brazos e bicoume na fronte.

Foi a primeira vez que montei dacabalo, e era a euga branca mais bonita que montei na miña vida, eu tiña dez minutos de vida.
Eran as dez e media da mañá do día trinta e un de marzo de mil novecentos corenta e tres, e isto ocorreu en Bujalance un pobo da provincia de Córdoba, en España.


Hace 65 años

Pepín Parra, montado en su yegua blanca como la nieve, subía la calle de la Cárcel hacia la casa de Manolo y María en donde había pasado la tarde anterior, en compañía de Tere, jugando los cuatro a las cartas. María estaba embarazada de nueve meses y esperaba dar a luz de un momento a otro. Cuando llegó a la altura de la casa de sus parientes, se elevó sobre los estribos y gritó:

-¡Manolo!¿Todo bien?

Desde el balcón del dormitorio salió la voz de Manolo:

-Un niño.

-Jajaja, las ganas.

Entonces Manolo salió al balcón con algo envuelto todavía en una toalla. Pepín se puso de pié sobre la silla de montar y tendió los brazos a aquella cosa pequeña que le enseñaba Manolo, la cogió entre sus brazos y me besó en la frente.

Fué la primera vez que monté a caballo, y era la jaca blanca mas bonita que monté en mi vida, yo tenía 10 minutos de vida.

Eran las diez y media de la mañana del día treita y uno de marzo de mil novecientos cuarenta y tres, y esto ocurrió en Bujalance un pueblo de la provincia de Córdoba, en España.

domingo, 1 de junio de 2008

Yahía ben Zalá al Amazigh

(Yahía Venzalá o Bereber)

Nacera na al Hoceima, entre a montaña e o mar, alí onde o Rif báñase no Mediterráneo. Aprendeu do seu pai o oficio da guarnicioneria, que este aprendera do seu avó, e xa desde pequeno fixéronse famosas as bridas que fabricaba.

Cando cumpriu os dezaseis anos casouse con Mariem, un ano menor que el, morena, de pel moi branca e cuns belos ollos grises como o chumbo.

Cando Mariem quedou embarazada do seu primeiro fillo decidiu emigrar, e nunha noite de xuño subiuse coa súa muller a un vello barco de pescadores, de vela latina e partiu cara ao norte.

Afincouse en Sevilla, e de alí seguindo a beira do Guadalquivir chegou a un pobo da campiña cordobesa onde asentouse definitivamente.

Yahía e Mariem tiveron seis fillos e catro fillas. A mais pequena chamouse Aixa e era unha beleza como a súa nai, de profundos e ensoñadores ollos grises. Dela namorouse o meu bisavó Bartolomé.

Un amor imposible, o meu bisavó estaba casado e era moito maior que ela e Yahía xamais casaría á súa filla cun infiel.

Pero a vida non se escribe como queren algúns e Aixa e Bartolomé tiveron amores prohibidos e deses amores naceu o meu avó Bernabé, pero esa é outra historia.

(Yahía Venzalá el Bereber)

Había nacido en Al Hoceima, entre la montaña y el mar allí en donde el Rif se baña en el Mediterráneo. Aprendió de su padre el oficio de la guarnicioneria, que éste había aprendido de su abuelo, y ya desde pequeño se hicieron famosas las bridas que fabricaba.

Cuando cumplió los dieciséis años se casó con Mariem, un año menor que él, morena, de piel muy blanca y con unos bellos ojos grises como el plomo.

Cuando Mariem quedó embarazada de su primer hijo decidió emigrar, y en una noche de junio se subió con su mujer a un viejo barco de pescadores, de vela latina y partió hacia el norte.

Se afincó en Sevilla, y de allí siguiendo la orilla del Guadalquivir llegó a un pueblo de la campiña cordobesa en donde se asentó definitivamente.

Yahía y Mariem tuvieron seis hijos y cuatro hijas. La mas pequeña se llamó Aixa y era una belleza como su madre, de profundos y ensoñadores ojos grises. De ella se enamoró mi bisabuelo Bartolomé.

Un amor imposible, mi bisabuelo estaba casado y era mucho mayor que ella y Yahía jamás casaría a su hija con un infiel.

Pero la vida no se escribe como quieren algunos y Aixa y Bartolomé tuvieron amores prohibidos y de esos amores nació mi abuelo Bernabé, pero esa es otra historia.